Cuando abrí la cajeta de Amazon y vi la colección en su interior de la trilogía Scream fue como volver a saborear la crema que preparaba mi Abuela cuando era niño o visitar los pasillos de mi alma mater—el recuerdo me transportó inmediatamente a quince años atrás.
“¿Crees que violé a Rosa Jaén antes o después de haberla matado? ¿Alguna vez has pensado en hacerlo con un cadáver?”
“¿Qué se supone que va a lograr diciéndome eso?” Inquirió Flor. “¿Crees que te voy a coger miedo?”
“No por ese comentario. ¡Creo que me vas a coger miedo porque estoy dentro de tu casa y te voy a matar!”




Scream tiene que ser parte de los ingredientes, aunque no haya existido intención deliberada de mi parte. Por ejemplo, su guionista Kevin Williamson y yo partimos de la misma inspiración: Casos de asesinos seriales de la vida real. Pero más importante aún es que el mérito de la película yace no sólo en haber resucitado un género sino en haberle devuelto la dignidad, una hazaña que—irónicamente—logró al parodiar todos los clichés que provocaron la decadencia de la película de terror de los ochenta. Pero consiguió aún más: Sus protagonistas adolescentes no se ajustaban a la gastada fórmula de Aaron Spelling y compañía. Eran modernos, capaces, y sobre todo inteligentes. En otras palabras, Kevin Williamson no era condescendiente con su audiencia (Unos años después esto le traería éxito al concebir la serie Dawson’s Creek, que nació con el mismo respeto). Como icing en el cake, algunos de nosotros ya estábamos familiarizados con Neve Campbell en la serie Party of Five, así que era casi como si una buena amiga de repente fuera acosada por un demente homicida…
Hablando de parodiar, ¿quién se acuerda de los siguientes párrafos de Mirada Siniestra?
El corazón de Javier palpitó con tal estrépito que lo hizo acordarse del bajo desmedido de ciertas discotecas. Asustado hizo un giro de ciento ochenta grados y alumbró el aire a sus espaldas, porque tradicionalmente--en una película de terror o en cualquier novela de suspenso--ese era el momento más crucial, el momento en que la adrenalina de la audiencia fluía con mayor fuerza, porque todos sabían que la muerte le llegaría al personaje justo por donde menos se lo esperaba, generalmente por la espalda, y él no sería el único idiota ignorante de ese hecho que pagaría un alto precio por desconocerlo, no señor, ¿dónde estaba el asesino? El asesino se había desvanecido y se volvería a materializar en el lugar que él menos esperara.
Sus pensamientos se habían transformado en un corcel desbocado sobre el cual era incapaz de ejercer ningún tipo de control. Su mente estaba fabricando su propia interpretación de la técnica característica de Stephen King quien, cuando en sus novelas los personajes estaban a merced de una gran amenaza, los pensamientos más absurdos se manifestaban separados por paréntesis. Javier podía ver su propia página a medida que se elaboraba, el relato cortado a medias por un paréntesis donde él se preguntaba si había rayado el carro al estacionarlo porque de ser así su papá nunca se lo perdonaría. Continuó girando con la linterna, buscando aquel sitio justo fuera de su línea de visión desde el cual el asesino le saltaría cuando él se hubiese relajado, pero no lo hallaba, por más que trataba no lo hallaba y—
La mano se aferró a su brazo derecho, y Javier dejó caer la linterna y giró interponiendo su brazo izquierdo para cubrirse de un machetazo o para empujar al asesino hacia atrás si era posible.

Mi profesor de guión se emociona por Rumble Fish; yo me emociono por Scream. A fin de cuentas, es el mismo síntoma: No importa cuál sea sino el momento de tu vida en que una historia pellizca tu imaginación, a partir del cual te resulta imposible dejar de soñar.
En mi caso, la ecuación es simple: Pop corn, metaficción y un asesino en serie. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?
“Are you alone in the house?!”
No, Sidney. Mi imaginación y yo siempre te acompañaremos…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario