"Imagination is the one weapon in the war against reality."

Jules De Gaultier



domingo, 13 de enero de 2008

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El Candidato Indiscreto: Episodio XXIII

El rostro de Leo se desencaja, su pierna estalla en un chorro de sangre y él se desploma como un muñeco.

“Te di una oportunidad.” Detrás de él se encuentra Esteban Sucre, portando su propia arma. No sé cómo un hombre tan grande puede ser tan sigiloso. “¿Y así es como me retribuyes?” Jamás había estado tan feliz de ver a Sucre.

Leo grita como un demente. “¡Me destrozaste la rodilla, hijo de—!” Se queda mudo al ver cómo Estaban carga otra bala en su recámara y le apunta al pecho.

Mi alegría se desvanece y de un brinco me interpongo entre los dos policías. “¡¿Qué es lo que haces?!” Le reclamo a Sucre.

“Salvando tu vida,” me responde impávido.

“¡Bullshit!” Le grito. “¡Ya la salvaste! ¡Ahora baja esa fucking arma!” No le dejo opciones, así que me hace caso.

“Imán de problemas,” masculle Sucre de mala gana. La tensión desciende sobre mi cuerpo adolorido, y busco dónde sentarme. Lo más lejos posible de los quejidos de Leo.

La presencia del Director de la PTJ hace que el local quede inundado de policías en cuestión de minutos. A Leo se lo llevan en una ambulancia, escoltado por dos patrullas hasta el Seguro.

Acordamos que mañana iré a la sede de la PTJ a interponer mi querella formal contra Leo. Ahora sí se lo llevará el diablo. Pero la noche no ha sido amable con Sucre. La mirada férrea que me lanza mientras cojeo hacia mi auto me notifica que nuestra tensa relación ha ascendido a un nuevo nivel de animosidad. Hoy presencié su faceta de ‘Harry El Sucio’. Ahora sé que no es un policía corrupto en el sentido tradicional del término, pero que sí juega con sus propias reglas, y no son para nada limpias. Se corrió un riesgo mostrándome ese lado de su personalidad, y no le agrada para nada saber que no lo apruebo.

A bordo de mi auto permito que mis ojos descansen unos minutos. La pelea ha logrado despejar las preocupaciones de mi mente, y en ese perfecto instante de paz una idea fresca emerge a la superficie. Sonrío, intrigada por esa posibilidad, y enseguida busco en el asiento trasero la carpeta que me entregaron en el Partido Innominado. La abro y reviso las cartas que contiene. El texto de cada una es predecible: Recomendaciones estelares para Baker Street Security. Lo importante es que cada una tiene el membrete a color de su respectiva empresa. Podría estar equivocada. Es un tiro bien incierto. Pero tengo un feeling de que estoy en la vía correcta. Finalmente.

Tras doce horas de sueño y una más en la tina de mi apartamento, me siento como una mujer nueva. Hago una cita con Ismael, quien accede con curiosidad. Me da el trato expedito acostumbrado apenas me presento a su oficina, y le entrego las cartas de recomendación.

Luego de una inspección minuciosa, me dice con una sonrisa, “Tenías toda la razón, Sabrina. Estos logos tienen el mismo defecto en el magenta que las fotos que me trajiste.”

¡Bingo! De mi cartera saco una cabeza de impresora que pongo en sus manos. “¿Podrías revisar si esta cabeza tiene el defecto del que hablas?” Él pone manos a la obra, pero en realidad es inmaterial.
Ya no me quedan dudas de que he descifrado la clave de este misterio.

¡CONCLUIRÁ!


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martes, 25 de diciembre de 2007

El Candidato Indiscreto: Episodio XXII

Giro muy despacio. No quiero que un movimiento brusco provoque a mi atacante. Pero antes de verle la cara ya he reconocido su voz.

“Leo,” le digo cuando finalmente hacemos contacto visual. “¿No estabas en la cárcel?” La última vez que me enfrenté a este policía corrupto me apuntaba con una pistola y yo andaba desarmada. El deja vu es ineludible.

“Los beneficios de un buen abogado y una fiscalía lentísima,” responde complacido. “Me aplicaron una medida cautelar hasta la audiencia preliminar. No me iban a dejar encerrado con un poco de delincuentes comunes.”

“Eres un delincuente común, Leo;” aclaro. Debería aprender a controlar mi lengua en circunstancias como ésta. Pero nunca lo he logrado.

“Cállate y entra, perra;” me ordena, y me fuerza a volver al interior del gimnasio. “¿Cuánto te pagaron, ah? ¿Cuánto te pagaron por cargarte mi carrera?”

“¿Cuál de las tres?” Replico. “¿La de policía, la de narco o la de extorsionista?” Estoy pidiendo a gritos una bala en la nuca...

“Te voy a llenar esa boca lisa de plomo,” me amenaza.

“Y eso ayudará tanto en tu audiencia preliminar…” Añado.

Leo resopla. “Para cuando encuentren tu cuerpo yo no estaré en el país;” advierte. “¿Tú crees que no lo tengo todo pensado, ya?”

“No lo sé,” miro a mi alrededor. “¿Tu plan maestro incluye matarme en medio gimnasio?”

“Vamos a usar la puerta trasera, del otro lado del local, y vamos a dar un paseo;” me indica. Ya tengo toda la información que requiero, y lo he distraído lo suficiente como para hallar inspiración en mis alrededores. En nuestra confrontación anterior usé polvo de maquillaje; ésta vez espero a pasar suficientemente cerca de uno de los bancos de pesas como para empujar sutilmente el disco de una barra, la cual sin balance se va hacia el lado opuesto, hacia Leo. Él no titubea en disparar, pero su instinto de preservación lo ha hecho retroceder para no ser golpeado por la barra, y la bala sale hacia el techo. Hago un clavado entre las máquinas, y para cuando él vuelve a disparar, ya estoy fuera de su línea de visión. La oscuridad nos beneficia equitativamente.

Leo maldice el día en que nací. Se siente muy seguro con su pistola, de lo contrario guardaría silencio para no revelarme su posición. No sabe que tengo en mi poder un disco de diez libras, que en el momento oportuno aviento contra él cual frisbee. El disco alcanza su brazo derecho y con un alarido de dolor suelta el arma.

“¡Coño, me quebraste el brazo!” Ruge desquiciado. Me confío demasiado y me abalanzo hacia él, pero Leo toma una mancuerna con su brazo sano y me la arroja. El metal golpea mi hombro derecho y el dolor se entierra en él como un taladro hirviendo. El impacto me estrella contra una máquina de pectorales, su asiento me hace perder el balance y aterrizo sobre mi espalda. Con el rabo del ojo diviso a Leo, intentando recuperar su arma. Suelto el cable que sostiene las pesas de la máquina, y lo utilizo como un látigo para azotarlo. Él me mira desconcertado y retrocede. Gano segundos que me permiten incorporarme. Pero él continúa peligrosamente cerca de la pistola, así que cambio el cable por la barra y me le tiró encima. Nos desplomamos al pie de la pesa. Leo tiene su brazo izquierdo interpuesto entre la barra que yo empujo con todas mis fuerzas y el cuello que intento oprimir. Su brazo derecho yace inmóvil a un lado. Lleva todas las de perder.

“¡Cede de una buena vez!” Le grito, pero sus ojos brillan con la desesperación de quien no tiene nada que perder. Sus piernas patalean bajo el peso de mi cuerpo. Una de ellas golpea algo metálico. Yo continúo presionando la barra contra su brazo y su garganta. Sus pies le dan a algo por segunda vez, con más fuerza. Miro por encima de mi hombro demasiado tarde como para descubrir que ha estado pateando la pesa, que ahora se nos viene encima.

Mi espalda y mi cabeza absorben la mayor parte del golpe y, aturdida, no puedo evitar que Leo me empuje a un lado y gatee hasta la pistola. “Quieta,” susurra sin aliento al encañonarme. Se pone en pie torpemente. Su brazo derecho está torcido en un ángulo antinatural. Pero su mano izquierda tiene el arma apuntada a mi cabeza. “Cambio de planes, perra.”

Las ventanas del gimnasio se estremecen con el estruendo del disparo.

CONTINUARÁ...

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domingo, 25 de noviembre de 2007

El Candidato Indiscreto: Episodio XXI

Debí haber hecho esto desde un principio. Pero en el fondo temía lo que podría hallar. La cerradura del apartamento de Caridad, la bailarina desaparecida, no es mayor problema para mis herramientas. En su interior, hago una pausa y me lleno de valor antes de encender mi flashlight. Afortunadamente no me topo con la escena de un combate, que era lo que me asustaba. El apartamento está intacto. Un poco sucio, pero todo preserva un orden aceptable. Es como si Caridad hubiera salido un día en la mañana y jamás hubiese regresado. Lo cual tampoco curará mi insomnio.

Una inspección más minuciosa me revela un elemento desconcertante. Caridad no tiene computadora ni cámara digital. Pero en su mesa de noche guarda un memory stick. Como el que utilizaría la cámara de Lucero Coronado. Abandono el apartamento sin dejar rastro de mi visita, salvo el stick que me llevo en mi bolsillo.

Me traslado de inmediato a Baker Street Security. A esa hora de la noche soy la única en la agencia. Reviso el contenido del memory stick. No me asombra en lo más mínimo encontrar las controversiales fotos de Oliver Coronado en él. Lo que me revienta es que ahora la historia se torna más incongruente. Si el Partido Innominado hubiera hecho desaparecer a Caridad, no existe ni la más remota probabilidad de que dejarían la fuente de todos sus dolores de cabeza olvidada en el apartamento. El hecho de que el stick esté en mis manos los absuelve de cualquier crimen. Pero queda la pregunta del millón de dólares: ¿Dónde está Caridad?

Necesito ejercitarme para despejar mi mente, así que cierro la oficina y me voy al gimnasio. No sé cuánto tiempo paso en las máquinas. Estoy en las pesas cuando con el rabo del ojo veo que Jaime se ha echado la mochila al hombro, pero se dirige hacia mí antes de salir. Cambio a pesas más livianas para no intimidarlo. Repetimos la misma rutina de charla casual que llevamos desde que nos conocimos. Pero esta vez es diferente. Lo noto en sus ojos. Hay determinación. ¡Que no lo haga! Por favor, que hoy no lo haga. No lo hagas, no lo hagas, no lo hagas…

“Tengo dos boletos para la cena del Club de Leones,” comenta. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! “Y se me ocurrió que quizás querrías acompañarme.” ¡Aaaargh!

“Gracias, pero tendrá que ser la próxima vez;” me excuso. “Éste no es buen momento para mí.” De veras quisiera que volviera a intentarlo, pero sé por cómo se despide y camina hacia la salida que no lo hará. Lo triste es que él sí me gustaba. Su único defecto es ser inoportuno. Después de pasar semanas en Babylonia viendo el peor lado de su género, todavía no estoy lista para tratar a los hombres como algo más que esclavos de sus hormonas.

Entierro la cara en mis manos por unos instantes. Necesito dejar este caso atrás. Pero para hacerlo necesito saber qué sucedió con Caridad. De lo contrario, no encontraré paz por mucho que la busque.

Cuando vuelvo a levantar la cabeza, descubro que la oscuridad se ha esparcido a mi alrededor. Las luces del gimnasio se han apagado. Pero los parlantes del radio siguen sonando, o sea que no se trata de un apagón. Giro lentamente y descubro que, al irse Jaime, yo era la única cliente que quedaba en el local. Pero el chico que atiende a esta hora sabía que yo estaba aquí. Y él nunca apagaría sin avisarme antes que es hora de cerrar. Tengo un mal feeling sobre esto. Camino entre las máquinas hasta llegar a la recepción. Y detrás del mostrador encuentro al susodicho fuera de sí. Está vivo, pero un hilo de sangre desciende por su frente. Alguien le dio un golpe colosal.

“Houston, tenemos un problema;” murmuro al ponerme de pie.

“¡Un gran problema!” El agresor confirma a mis espaldas.

CONTINUARÁ ...

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domingo, 28 de octubre de 2007

De La Pila de Libros ...

Últimamente he estado absorbiendo toda la información disponible sobre la crisis de los misiles rusos en Cuba de 1962. Es la semilla de un nuevo proyecto, pero su primera oración quizás no se escriba hasta el tercer o cuarto mes del próximo año, así que hablar de él sería prematuro.

En su lugar, quiero comentar una fabulosa novela cuya existencia descubrí durante mis investigaciones. Se llama Resurrection Day y en ella el autor Brendan DuBois plantea una historia alterna en donde la crisis escaló a una guerra nuclear que aniquiló a la Unión Soviética y devastó a Estados Unidos, convirtiéndolo en una nación tercer mundista.

Me siento exhausto con sólo considerar la investigación que DuBois tuvo que llevar a cabo para construir el mundo que nos presenta diez años después de la tercera guerra mundial: EEUU es un país bajo ley marcial, con libertades civiles limitadas y estados completamente inhabitables debido a la radioactividad, tras la muerte de cientos de miles de personas por hambre y de frío. Kennedy es el Presidente más odiado en la historia de EEUU. Los estadounidenses son despreciados en Europa por el daño irreparable que su acometida nuclear contra los soviéticos infligió en el planeta y los británicos se sienten discretamente satisfechos al ver que su antigua colonia nuevamente depende de sus subsidios. Los periódicos son censurados por un editor militar, y cualquier voz que se oponga a alguna decisión del gobierno marcial es enviada a trabajar a los campos de descontaminación que equivale a una sentencia de muerte. Y un inolvidable recorrido por las islas desiertas de Manhattan y New Jersey dejará en la mente de los lectores la huella indeleble de los resultados de un holocausto nuclear.

Resurrection Day no es una novela fácil de conseguir. Tuve que rastrearla arduamente por Internet y acabé comprando un ejemplar de segunda mano. Pero les aseguro que el esfuerzo valió la pena, y en sus páginas disfrutarán de una resonante y singular historia que recordarán mucho después de concluir su lectura.

domingo, 21 de octubre de 2007

El Candidato Indiscreto: Episodio XX

“Los días pasan y ella sigue sin ir a trabajar. La llamamos a su casa, a su celular, a toda hora, dejamos, no sé, montones de mensajes, nada.” Donna está visiblemente nerviosa por lo que me cuenta. Constantemente mira por encima de su hombro, a ver si alguien en el restaurante se fija en nuestra conversación.

“Hemos ido a su apartamento y nadie nos atiende,” aporta Belén. “La vecina dice que tiene tiempo sin verla ni oírla.”

“¿Cuándo fue la última vez que ustedes vieron a Caridad?” Pregunto.

“Hace nueve días,” responde Donna. Sus nervios crecen a alta velocidad. “¿Crees que tenga que ver con, tú sabes, con lo del caso, lo que pasó en el club?”

Lo más probable. “No pienses en eso ahora, Donna. Hiciste bien en llamarme.” Porque yo soy la culpable de lo que sea que le haya pasado a Caridad.

“No sé cuánto cobrarás por tus servicios,” dice Belén. “Pero podemos pagarte—”

“Ni hablar,” rechazo la oferta, aunque ellas ganan en una noche más de lo que yo hago en una semana. Me revienta este sentimiento de culpa. “Déjenme ver qué puedo hacer para ayudarlas.”

Lo que puedo hacer es minúsculo. Repito todos los pasos que ellas ya siguieron. Intento localizar a Caridad por todas las fuentes habituales. Nada. Visito su apartamento a todas horas. Nadie atiende. Mi sangre empieza a hervir. Porque sólo hay una explicación lógica revoloteando en mi cerebro. El Partido del Billete ‘se hizo cargo’ de ella. Es mejor no tener cabos sueltos. Esas fueron las palabras que yo utilicé para describirla: Cabo suelto. Y puedo haberle puesto una sentencia de muerte a la pobre chica. Puede que haya una explicación lógica y sana a todo esto que yo no logre divisar. Pero si los bastardos del Partido Innominado están detrás de su desaparición, no descansaré hasta acabar con cada uno de ellos. Empezando con el degenerado de Coronado.

Los días transcurren y yo sigo sin alternativas. Me voy obsesionando con el misterio. Eso nunca es saludable. No tarda en brotar la idea de que debo espiar a los financistas de Coronado, el auténtico poder detrás del trono. Los sigo uno a uno. Saúl Ballesteros. Efraín Ferrer. Narciso Carles. Reviso sus residencias. Sus oficinas. Sus automóviles. Anularían las cartas de recomendación que me dieron si se enterasen. Todos parecen ser ajenos a la desaparición de Caridad. He dejado a Guillermo Arias de último deliberadamente. Lo conozco a él y a su pasado sórdido, y es quien más se inclina a tomar una acción drástica para eliminar un inconveniente.

No tardo mucho en descubrir que anda en algo turbio. Además de las dos queridas que tiene. Guillermo usa un celular alterno del cual, por todo lo que he visto, sus socios oficiales no tienen conocimiento. Recibe y hace poquísimas llamadas, pero lo suficiente como para despertar mi interés. Intervenir la señal de un celular es aún más fácil que plantar un micrófono en un teléfono fijo. No me cuesta nada sintonizar Radio Guillermo Arias y escuchar los más grandes hits del momento. Pasan un par de días. Me entero de varias cosas interesantes. Es increíble la variedad de asuntos en los que un sujeto como Arias puede insertar sus tentáculos. Pero ninguno lo vincula a Caridad.

Al final lo sigo a la pista más jugosa, una reunión enigmática en el Hotel Riande Continental. Pero acabo decepcionada cuando descubro que sus acompañantes son Mario Echevers y los otros dos individuos que concertaron el encuentro previo con Oliver. Al parecer, aunque Guillermo oficialmente respalda a Coronado, también se mantiene amigable con la competencia, por cualquier contingencia. Lo que popularmente le dicen ‘saltamontes’. Yo más bien lo llamaría alimaña.

Mi toalla cae a la lona. Pero antes de marcharme, les envío con el camarero una nueva ronda de bebidas, junto a mi tarjeta de presentación. Sólo para que Arias sepa que nunca estará del todo a salvo.

CONTINUARÁ...



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sábado, 20 de octubre de 2007

De La Pila de Libros ...

Odd Thomas ve fantasmas. ¡Gran cosa! Jennifer Love Hewitt y Haley Joel Osment también.

Pero la ficción no es sólo sobre el tema sino sobre su enfoque, y Dean Koontz—un autor que tras leerlo desde la escuela ya empezaba a aburrirme—recapturó mi atención con las tres novelas de este peculiar jovencito a quien se le presentan los recién fallecidos en busca de su ayuda. (Y los bodachs, que vaticinan siempre grandes tragedias.)

A través de Odd Thomas, Forever Odd y Brother Odd acompañamos al protagonista en un trío de aventuras singulares sobre las cuales no entraré en detalle ahora mismo; basta con decir que el encanto no está en su magentismo psíquico o sus visitantes del más allá sino en su propia caracterización y la del elenco del pueblo de Pico Mundo. Y es que Odd no es un héroe; si pudiera se desharía de su habilidad especial en un parpadeo. Y la tristeza que inspira su deber se deja ver en su relato sin cruzar la frontera con la amargura.

La saga se enriquece gracias al conjunto de personajes con los cuales Odd interactúa en el pueblo desértico y luego en un convento. Una familia sustituta se forja como confidentes y guardianes de su habilidad secreta: El obeso escritor Ozzie Boone (y su gato El Terrible Chester) quien incita a Odd a plasmar sus aventuras en papel para la posteridad. El Jefe de Policía Wyatt Porter—el Comisionado Gordon de Odd—quien no está unido al protagonista sólo por su frecuente ayuda para resolver crímenes sino por un hondo afecto paternal. Terri Stambaugh, la jefa de Odd en el restaurante y la madre que su progenitora nunca fue. Luego en el convento adoptamos al misterioso bibliotecario Rodion Romanovich y al Hermano Nudillos, el más simpático sicario bregando por la redención. Y no puedo dejar de mencionar a Stormy Llewellyn, el gran amor de la vida de Thomas, la presencia más fuerte en los tres libros.

Ah, y también cuenta con la amistad de Elvis Presley. Sí, el Rey del Rock and Roll vive con Odd.

¿Falta más aliciente para leer estas novelas?

domingo, 30 de septiembre de 2007

El Candidato Indiscreto: Episodio XIX

“No sé nada de lo que estás diciendo.” Esa es la respuesta que Caridad repite. “¿Me acusas a mí de mentirosa? ¡Tú eres la mentirosa! ¡Fingiendo ser nuestra amiga para espiar nuestras vidas! ¡Vergüenza te debería dar!”

Suelto un suspiro de exasperación. ¿Es muy densa como para comprender que le estoy haciendo un favor? “Hablando hipotéticamente—” Le planteo. “—si apareciera evidencia comprometedora como, digamos por ejemplo, fotos indiscretas con tus huellas digitales en ellas, podrías estar en un problema serio. ¿Nos estamos entendiendo? Ahora, lo que no me computa de todo esto es que esas fotos—hipotéticas, por supuesto—iban acompañadas de una nota que exigía el retiro de Oliver Coronado de su vida política. Y yo no veo cómo eso te puede interesar a ti. Así que lo único en lo que quisiera que me ayudaras, como un mero ejercicio intelectual, es encontrarle sentido a esa teoría. ¿Qué dices?”

“¿Por qué no me puedes dejar en paz?” Protesta Caridad. Deja su café a medias y se dirije a la salida del restaurante, no sin antes advertirme: “Si te vuelves a acercar a mí, tendrás problemas.”

Las amenazas vacías y evasivas débiles de una persona desesperada sin una coartada decente. Sabía que éste sería un callejón sin salida, pero tenía que intentarlo. Miro mi reloj con desilusión. Me esperan en el Partido Innominado.

Oliver Coronado me recibe en compañía de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: Narciso Carles, Saúl Ballesteros, Efraín Ferrer y Guillermo Arias. Un cuarteto de empresarios que se han empeñado en llevarlo a la Presidencia. Han abierto una botella de Moët Chandon para celebrar mi éxito. No es para menos. He removido el principal obstáculo en el sendero al Palacio de las Garzas. Y por un precio bastante módico.

“Estamos extremadamente satisfechos con su trabajo, Señorita Saavedra;” Efraín me felicita. “Esta mañana mi secretaria hizo la transferencia de sus honorarios a su cuenta bancaria.” Los demás también me obsequian sonrisas de aprobación. “¿Recordó traer las fotos?”

Con recelo les entrego la bolsa con las fotos de Oliver en plena acción con un grupo de strippers que dieron inicio al caso. “Sugiero no destruirlas,” les advierto. “Es evidencia valiosa que aún puede ser útil.” Les explico el cabo suelto que me revienta, la incongruencia entre la motivación de Caridad y su aparente participación.

“Eso no debe preocuparle,” Arias dice rápidamente. “Una bailarina no puede afectarnos. Y ella no se atreverá a meterse en un lío mayor.”

“Nos pusimos de acuerdo—” Saúl rápidamente cambia el tema. “—y varias de nuestras empresas le han preparado cartas de recomendación para su agencia.” Ballesteros me entrega la carpeta con las esquelas. “Confiamos en que le serán útiles en el futuro.”

Todos estrechan mi mano y me vuelven a congratular mientras me acompañan a la puerta. Y con eso culmina nuestra relación. Excepto que yo quedo frustrada. Abordo mi Honda CR-V y lanzo la carpeta al asiento trasero sin abrirla. Cartas de recomendación… ¡Qué chiste! Lo único cierto es que siento que he fracasado.

Sin más remedio, me sumerjo en mi trabajo y nuevos casos que tocan a la puerta. Pero en la parte posterior de mi mente éste sigue atormentándome. Y entonces, quince días después, recibo una llamada perturbadora en mi celular.

“Sabrina, habla Donna;” la bailarina se identifica. “Necesitamos hablar contigo. Se trata de Caridad. Ha desaparecido.”


CONTINUARÁ...


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Episodio III: http://rfjplanet.blogspot.com/2006/11/el-candidato-indiscreto-episodio-iii.html
Episodio IV: http://rfjplanet.blogspot.com/2006/12/el-candidato-indiscreto-episodio-iv.html
Episodio V: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/01/el-candidato-indiscreto-episodio-v.html
Episodio VI: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/01/el-candidato-indiscreto-episodio-vi.html
Episodio VII: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/01/el-candidato-indiscreto-episodio-vii.html
Episodio VIII: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/02/el-candidato-indiscreto-episodio-viii.html
Episodio IX: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/03/el-candidato-indiscreto-episodio-ix.html
Episodio X: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/04/el-candidato-indiscreto-episodio-x.html
Episodio XI: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/04/el-candidato-indiscreto-episodio-xi.html
Episodio XII: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/05/el-candidato-indiscreto-episodio-xii.html
Episodio XIII: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/05/el-candidato-indiscreto-episodio-xiii.html
Episodio XIV: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/05/el-candidato-indiscreto-episodio-xiv.html
Episodio XV: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/06/el-candidato-indiscreto-episodio-xv.html
Episodio XVI: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/07/el-candidato-indiscreto-episodio-xvi.html
Episodio XVII: http://rfjplanet.blogspot.com/2007/08/el-candidato-indiscreto-episodio-xvii.html

De La Pila de Libros ...

Tara Chace es cool. No hay mejor forma de describirla.

Pero no cool en el sentido que abarca martinis en casinos, autos deportivos que se conducen a control remoto y disparan misiles, o conquistadores globales en escondites exóticos. Tara es cool porque vomita después de participar de una balacera y tiene baja auto-estima, porque conoce la intricada política internacional y es fieramente leal a su jefe, porque sufre de estrés post-traumático y bebe whiskey bajo la regadera. Y con todo eso es la mejor agente secreta al servicio del Gobierno de Su Majestad.

Me estoy refiriendo a la magnífica saga de espionaje de Greg Rucka, que empezó con la serie de comics Queen & Country y luego se graduó a dos memorables novelas, A Gentleman's Game y Private Wars, que siguen de cerca las carreras de un trío de operadores de MI6 conocidos como Minders que se encargan de las tareas más difíciles: Extracciones, asesinatos, sabotajes… Cuando la situación exige un trabajo sucio, siempre habrá un Minder listo para meter las manos en la mugre.

Lo que destaca a las novelas de Rucka del montón es el esfuerzo considerable que invierte en elaborar una trama rigurosamente verista sin desmejorar el suspenso y la acción propia de un thriller de espías. Por ende, el escenario de conflicto global es el lienzo sobre el cual se pinta con extenuante realismo los estragos que este estilo de vida inflige sobre sus protagonistas. La intriga enfoca una lupa en los juegos políticos entre las grandes naciones y el costo que algunos están dispuestos a pagar tanto para lograr un objetivo como para avanzar su propia carrera. Los antagonistas no son villanos convencionales a punto de activar una bomba nuclear para llenar la cuota de maldad adecuada, son personajes arrancados de los titulares del Siglo XXI. Inclusive cuando la violencia se precipita está tan bien fundamentada que resulta tan creíble como cualquier noticia que vemos en CNN.

A Gentleman's Game comienza con un atentado terrorista en el corazón de Londres y, en represalia, Tara es despachada al Medio Oriente a ejectuar a un líder wahhabista. La misión se complica y ella rápidamente se convierte en una prófuga de varios gobiernos, incluyendo el suyo. Private Wars gira en torno a Uzbekistán, en donde el poder político se lo pugnan narcisistas sádicos ansiosos por la aprobación de los estadounidenses que sin embargo torturan a su propio pueblo para consolidar su control. Ahí los principios de Tara colisionarán con la necesidad de prevenir un incidente internacional.

Greg Rucka ha sido descrito por el Salem Statesman Journal como una mezcla de Hemingway, Spillane y Hammett, y rápidamente se está convirtiendo en un autor del cual hay que estar pendiente. Sus libros no están a la venta en Panamá, pero les aseguro que vale la pena encargarlos. Aquí les copio algunos links de Amazon para facilitar el trabajo:


domingo, 9 de septiembre de 2007

El Candidato Indiscreto: Episodio XVIII

“¿Alguien te ha dicho que eres un imán de problemas?” Me pregunta Esteban Sucre, Director de la Policía Técnica Judicial.

Los cuento con los dedos. “Mi madre, mi padre, mis hermanos, mi jefe, mi—”

“¡Basta!” Hoy Esteban me tiene menos paciencia que de costumbre. “¿Tienes idea del tiempo que invertimos en preparar ese operativo en Babylonia, para que tú lo echaras a perder en una sola noche?”

“Técnicamente, no lo arruiné;” replico en mi defensa. “Es más, aporté bastante.” En las horas posteriores al incidente del club nocturno hemos logrado aclarar varios puntos en las claustrofóbicas oficinas de la PTJ. Y uno de esos es que gracias a mí Sucre tiene dos casos en lugar de uno. Él había estado tras la pista de Leo por varias semanas. El imbécil se había montado un negocio redondo: Hacía desaparecer cocaína del cuarto de evidencia, o simplemente la decomisaba en redadas improvisadas y nunca la entregaba, y luego la revendía a precio callejero. Pero su ganancia era del cien por ciento, muy por encima de los proveedores habituales que tienen que comprársela a los traficantes. Temo que no le irá nada bien en la cárcel. Y quizás por eso está cooperando completamente con sus colegas, con la esperanza de que le den un buen deal que le permita escapar ese suplicio.

Lo que yo le entregué a Sucre en bandeja de plata fue un segundo caso en contra de Leo: El delito de extorsión. Después de que las pruebas caligráficas comprobaron que fue él quien llenó la guía del courier en el que llegó al partido el CD con las fotos de Lucero Coronado, él empezó a contar su versión de los hechos, bajo la medición del polígrafo que Samuel hábilmente maneja.

“Esa stripper estúpida me compraba hierba de vez en cuando,” Leo confiesa ante nuestros ojos. “Me debía una plata, así que una noche la seguí para darle su merecido. Y vi que fue a dejar un sobre manila bajo la puerta del partido de Coronado. Eso fue justo después de la última fiesta que él tuvo. Y de repente apareció la investigadora esa en el club. Cualquiera con dos dedos de frente podía entender lo que pasaba. Yo sabía que Virgilio le conseguía cristal a la hija de Coronado.” Resulta que, pese a mis suposiciones, Virgilio es inocente de todo, salvo de ser un amigo alcahueta. Pero creo que su establecimiento no será muy popular, luego de que la mitad de su clientela resultó ser policías en cubierto. Justicia poética. “Así que fui a una de esas fiestas. Y tomé las fotos. Y ya saben lo demás.” Por eso Leo estaba tan alterado al ver que Caridad planeaba salir del país. Él estaba actuando independiente, y contaba con que ella fuera su chivo expiatorio si las cosas se ponían color de hormiga. Y si ella regresaba a Colombia, él quedaba en el ojo de la tormenta.

“Hemos estado interrogando a la tal Caridad,” revela Sucre. “Ella niega todo vehementemente. Y no tenemos evidencia en su contra. Ni siquiera tenemos prueba de que las supuestas fotos de Coronado existan. Las únicas que hemos visto son las de su hija, las que Leo tomó.” Sucre hace una pausa y me mira con desconfianza. “Tú no sabrás nada al respecto, ¿verdad, Sabrina?”

Obviamente El Partido del Billete hizo todo lo posible por ocultar las fotos comprometedoras. Si llegaban al despacho de algún Inspector de la PTJ, al día siguiente serían la primera plana de El Siglo. No hay nada que pueda hacer yo por Esteban. De todos modos, me siento un poco mal al mentirle. Quizás es lo feliz que me siento al saber que el Director de la PTJ no es tan corrupto como me temía.

“Nada que me conste,” respondo. “Trabajaba bajo instrucciones de mis clientes.” Aunque no me siento tan mal, después de todo. Lo cierto es que, pase lo que pase, Esteban Sucre y yo no seremos grandes amigos.

Y sólo estoy mintiendo porque mi investigación no ha concluido.


CONTINUARÁ...
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