Yo
traté. Hice mi mejor esfuerzo. Pero simplemente no estoy cableado para
lograrlo. Y la coyuntura es propicia
para hacer un mea culpa público.
En la década que ha transcurrido desde la publicación de Mirada Siniestra de vez en cuando me
tropiezo con un debate lateral acerca de mi empecinado uso de las “comillas”
para distinguir los diálogos de los personajes, que son prominentes en mi
técnica narrativa. Incluso recuerdo que
cuando aquella novela llegó de imprenta, justo antes de que estuviera
disponible al público, me sentí cohibido frente al primer cuestionamiento sobre
esta práctica. En castellano la
formalidad es utilizar —guiones— cuando los personajes hablan, las comillas se
emplean cuando escribes en inglés. Y la
diferencia no sólo radica en el símbolo; su ubicación entre los diálogos
también varía entre los dos idiomas.
La verdad es que yo siempre he estado consciente de esta
distinción y mi inclinación hacia las comillas es plenamente deliberada. Llevo más de la mitad de mi vida leyendo
ficción en ambos idiomas. Es más, cuando
conocí al Profesor Ricardo Ríos al comienzo de mi etapa universitaria él me
alentó a leer más en español, pues en aquel entonces casi todas las obras que
me interesaban eran en inglés y eso estaba teniendo repercusiones adversas
cuando redactaba en mi lengua materna.
Desde entonces he procurado alternar libros en ambos idiomas para
mantener el balance. Siempre que puedo
evito leer la traducción de una obra (lo que no me fue posible con Millenium, por ejemplo).
Pero lo que no puedo sustentar con argumentos válidos es
por qué prefiero las comillas. Cuando
gateaba literariamente usé los guiones pues fue lo primero que conocí en los
libros. Pero en algún momento de mi
adolescencia decidí transfugarme al partido de las comillas y hasta el sol de
hoy no me he retractado de esa decisión.
Pero, ¿por qué esa lealtad tan arbitraria?