Nico sonrió ante esas palabras. Siempre hay un problema, pensó.
Algo curioso me sucedió con la introducción de dos de los protagonistas de la novela que estoy escribiendo que puede ayudar a ilustrar cómo los personajes cobran vida en una historia.
Cuando me tocó escribir la primera escena de Nico prácticamente podía verla en mi cabeza como una película que alguien más había hecho. Sabía dónde estaba sentado Nico, cuál era su lenguaje corporal, qué ropa vestía, qué estaba bebiendo. Sabía exactamente cómo respondería a la información que le daría su interlocutor pero, más importante aún, sabía qué estaba pensando y cómo reaccionaría a esa información. Nico ya existía plenamente como un personaje.
Luego vino el turno de Julian. Éste era un personaje del cual ya sabíamos porque en escenas previas se había hablado de él, de tercera mano, creando anticipación. Pero cuando escribí la primera escena de Julian, me resultó de lo más plana e insípida. Nunca estuve satisfecho con el resultado de la escena. Cubría todos los aspectos logísticos requeridos de ella, pero no cobraba viva. Empecé a resentir a Julian: Si él no funcionaba, toda la historia no funcionaría.







